Cuentos y fragmentos

Ojos color plumbago

(Cuento 1/3)

 

I

 

La reja le cayó frente a los párpados. Las batas blancas marcharon en la dirección opuesta e Iris se sentó sobre el catre. Las paredes grises se sentían frías, pero en su mente solo sentía el calor de los ojos color plumbago.

 

 

II

 

El almuerzo comenzó e Iris miró a los rostros pálidos que la rodeaban, peleándose contra sus chaquetas blancas y sus correas negras. «Vaya sarta de locos», pensó. Tomó un guisante con el pequeño tenedor de plástico, ignorando la bendición de tener los brazos libres, y se le quedó mirando un rato. La doctora Evergreen la miró un instante desde el otro extremo de la mesa de metal.

 

―Piensas en el sentido de la vida, ¿cierto, Iris?

 

―Pienso en lo verde y en la muerte.

 

―¿Qué piensas sobre ello?

 

―Los guisantes son verdes cuando están en la plenitud de la vida, pero es entonces cuando los arrancan de la vaina y se los tragan.

 

Varios doctores se habían reunido alrededor de Iris cuando la escucharon empezar a hablar con la doctora Evergreen. Tenían cara de embobados.

 

―¿Qué me dices de las judías? Son cafés cuando toca tragárselas ―preguntó, inquieto, otro doctor.

 

―Las judías son una mierda. ―Iris respondió mientras jugaba con la ración de judías de su plato.

 

Los doctores se voltearon a ver unos a otros, maravillados, y sus ojos se nublaron de júbilo.

 

―¿Y qué piensas sobre la muerte? ―pregunto otra doctora, con la ansiedad de un niño pequeño.

 

―Cuando estamos muertos no importa porque no podemos comer ni guisantes ni judías ―respondió Iris, con desinterés.

 

El grupo de doctores estalló en una bulla de risas histéricas y lágrimas de felicidad.

 

―Nunca he entendido qué haces aquí, Iris. Eres más filósofa y estás más cuerda que todos nosotros juntos ―le dijo la doctora Evergreen con amabilidad.

 

―Al parecer, estoy comiendo guisantes y judías.

 

Los doctores se alejaron como fanáticos embelesados, comentando entre ellos lo privilegiados que eran por poder ser testigos de la sabiduría tan profunda de alguien como Iris.

 

―Te aman, ¿lo sabes? ―le dijo entre tartamudeos un anciano calvo con anteojos que se mecía hacia delante y hacia atrás en su silla, mientras luchaba con su camisa de fuerza― Te aman tanto que podrías pedirles helado de fresa y te lo darían.

 

Iris lo miró, distraída, y comió un puñado de guisantes con la mano, sin responder nada. En su mente, solo saboreaba la dulzura de los ojos color plumbago.

 

 

III

 

El director del manicomio subió los pies en el escritorio y encendió un cigarrillo. Le ofreció uno ya encendido a Iris, quien lo tomó y le dio una calada sin inmutarse.

 

―¿Por fin te acostumbras a nuestras reuniones semanales, Iris?

 

―Me gusta fumar ―respondió, con desinterés.

 

―Impresionante ―respondió el director Ashe con una sonrisa absurda ―. Justo por esto es por lo que me reúno contigo. No sé qué haces aquí. Tu forma de pensar es impecable. Es una delicia hablar contigo.

 

―Al parecer, estoy fumando.

 

El director se reclinó cómodamente en su silla y le dio una calada a su cigarrillo con fruición. Parecía un niño pequeño.

 

―Dime cualquier cosa, por favor ―le suplicó el director Ashe ―. ¿Qué tal está el cigarrillo?

 

―El humo se va hacia arriba y las cenizas hacia abajo, pero el cigarrillo se queda en su lugar. Puedo levantar el cigarrillo o puedo ponerlo en el cenicero, pero no puedo hacer que la ceniza se vaya hacia arriba o que el humo se vaya hacia abajo ―le respondió Iris, como ausente.

 

―¡Fascinante! ―exclamó el director ― Verdaderamente fascinante.

 

―Disculpe, señor director, tenemos un proble… ―un doctor entró a la oficina sin llamar a la puerta, como con prisa.

 

―¡Largo de aquí! ―el director se levantó de un golpe, con el semblante furioso ―Nadie me molesta cuando estoy conversando con Iris.

 

―Lo siento muchísimo, señor ―el doctor se disculpó sabiendo que lo que había dicho el director era una verdad absoluta. Se apenó como si hubiera sugerido a una madre primeriza matar a su bebé ―. ¿Cree que podría…?

 

―Está bien, pero en silencio ―le dijo el director y le hizo un ademán, indicándole que se parara en una esquina para escuchar.

 

―Lo lamento, Iris ―le dijo el director, apenado ―. ¿Puedo ofrecerte un poco de helado de fresa?

 

―Me pregunto si habrá cigarrillos sabor fresa. O helado sabor cigarrillo. Más bien, sé que no los hay, pero me pregunto si podría haberlos ―le respondió Iris, con la mirada perdida en la punta de su cigarrillo encendido.

 

El doctor se mordió los labios desde la esquina como una novia a punto de caminar hacia el altar. Se le desbordó una lágrima de orgullo.

 

―No te imaginas el honor que es hablar contigo ―le dijo el director Ashe a Iris con una sonrisa, levantándose de su silla y apagando la colilla junto a la que Iris acababa de dejar en el cenicero.

 

Iris salió de la oficina taciturnamente. En el pasillo, se topó de frente con una mujer de unos cuarenta años, usando la chaqueta blanca con correas negras. La mujer tenía el cabello rosa y muchas cicatrices en la cara.

 

―Te aman, ¿lo sabes? ―le dijo la mujer mientras se mordía los labios con fuerza y giraba la cabeza de un lado a otro ―. Te aman tanto que podrías pedirles escuchar música y te lo concederían.

 

Iris la miró, desinteresada, y exhaló una pequeña voluta de humo que todavía quedaba en sus pulmones, sin responder nada. En su mente, solo se embelesaba con el humo de los ojos color plumbago.

 

 

IV

 

Era la hora del recreo y todos los enfermos se paseaban por el patio. Unos cuantos se sentaban en círculo y conversaban, cada quién en su versión del idioma, del tema que cada quién tenía en la cabeza y creía compartir con los demás. Otros, menos locos, jugaban a la pelota o respiraban el aire fresco con parsimonia. Iris simplemente se paseaba por ahí, cuando se encontró de frente con un guardia de seguridad.

 

―¡Feliz cumpleaños, Iris! ―le dijo el guardia J.S.

 

Iris asintió con la cabeza en silencio y se dispuso a seguir su camino entre las rocas cafés del patio.

 

―Tengo un regalo para ti ―le dijo el guardia en tono de secretismo ―, pero solo puedo dártelo si prometes no decirle a nadie y dejarme hablar contigo.

 

Iris parpadeó un par de veces, sin decir nada, y el guardia lo tomó como un “acepto”.

 

El guardia sacó una pequeña grabadora y oprimió reproducir. Una melodía de música clásica empezó a sonar medio bajo, entre los cantos de cuervos y la bulla de los locos disfrutando su recreo.

 

―Por favor dime ―le dijo el guardia J.S, expectante ―, ¿te gusta?

 

―La música lenta es buena cuando se está triste y la música rápida es buena cuando se está feliz. La música clásica casi siempre es las dos.

 

El guardia levantó las cejas y sonrió violentamente.

 

―¡Vaya que eres impresionante, Iris! ―le dijo con ilusión. Llamó con la mano a tres guardias más que se paseaban por ahí.

 

―Chicos ―dijo el guardia J.S. ―, ¡tienen que escuchar a Iris hablar!

 

―Cuéntanos ―le instó el guardia a Iris, con los demás escuchando atentamente―, ¿cuál es tu instrumento favorito?

 

―Los violines son bonitos. Suenan al acariciar sus cuerdas, en lugar de tener que pegarles. Me gustan los violines ―respondió Iris, con tono anodino.

 

Los guardias se abrazaron mutuamente en celebración y le agradecieron al guardia J.S. por haberlos invitado a escuchar la sabiduría de Iris.

 

―Increíble ―respondió el guardia J.S. con los brazos extendidos al aire ―. Eres increíble, Iris. Te regalo el reproductor, solo no dejes que te lo vean.

 

―¿Sabes? ―agregó el guardia ― Nunca he entendido qué haces aquí. Tu visión de la vida es maravillosa y tienes una elocuencia sin precedentes.

 

―Al parecer, estoy escuchando música ―le respondió Iris sin inmutarse, moviendo la cabeza al ritmo de la música.

 

El guardia sonrió como bobo.

 

Iris se guardó el reproductor en la bolsa de la bata beige sin ninguna expresión y siguió caminando hacia un grupo de pacientes.

 

―Te aman, ¿lo sabes? ―le dijo un veinteañero que no usaba una camisa de fuerza. Tenía el cabello negro y era muy bien parecido ―. Te aman tanto que podrías pedirles que te dejaran besar a alguien y te dejarían.

 

Algo despertó profundamente en Iris como no le había pasado desde que tenía memoria. Abrió los ojos como platos grandes y redondos y echó a correr.

 

Otro paciente que había escuchado la conversación, se acercó al veinteañero de cabello negro.

 

―¿Tú entiendes por qué la aman tanto? ―le dijo ―No habla más que simplezas y bobadas.

 

―Han de estar locos ―respondió el veinteañero.

 

Iris no alcanzó a escuchar la conversación, porque iba corriendo hacia su celda con la música clásica todavía sonando bajo su bata; en su mente, solo escuchaba la sinfonía de los ojos color plumbago.

 

 

V

 

En su celda, a Iris le palpitaba el corazón con fuerza. No pensaba en nada excepto en los ojos color plumbago que tanto deseaba. Volteó y los vio. Estaban ahí, materializados frente a ella. Su único amor. Lo único que le despertaba interés.

 

Iris miró a los ojos color plumbago que amaba y lo vio todo. Cascadas infinitas de morados y violetas y púrpuras y añiles y azules estallando contra las rocas y contra la brisa y contra la orilla de todos los ríos de la historia. Las manos le sudaban y las piernas le temblaban. No había contemplado tanta hermosura desde hacía mucho, mucho tiempo. Sin pensar en nada más que en los ojos color plumbago que por fin tenía frente a ella, se abalanzó en un beso lleno de estática y pasión. Iris no supo cuánto tiempo pasó; en su mente, solo pasaban los ojos color plumbago.

 

Cuando la doctora Evergreen, el director Ashe y el guardia J.S. la encontraron desangrada en su celda, todos se estremecieron como si hubieran perdido a un hermano. Los internos que pasaban por ahí ni se inmutaron.

 

Tirada en el suelo con una sonrisa en el rostro, con la cabeza y el cuello pintados de bermellón, Iris estaba rodeada de cientos de pequeños pedazos de espejo. En uno de ellos, pequeño y de forma triangular, todavía se reflejaban, aunque un poco más opacos y apagados que de costumbre, sus ojos color plumbago.

Labios color azafrán

(Cuento 2/3)

 

 

I

 

El último golpe del martillo lanzó una capa de polvo que descansaba sobre la lápida de algún desconocido hacia su barbilla. Los trajes negros marcharon en la dirección opuesta y Carmín se reclinó sobre la tumba. Colocó con muchísimo cuidado una orquídea blanca en el centro exacto de la tierra recién apelmazada mientras acariciaba suavemente sus labios color azafrán.

 

 

II

 

 

El sol planchaba la hierba medio muerta del cementerio mientras Carmín caminaba metódicamente entre las tumbas. El jardinero Reed se acercó a Carmín, saludándola con jovialidad.

 

―¡Buenas días, Carmín! ―dijo Reed con una sonrisa algo fuera de lugar en un panteón ―. El día está hermoso, ¿no lo crees?

 

Carmín lo miró con profundidad y le acomodó el cuello de la camisa, que estaba disparejo, sin responder nada. Se alejó caminando a paso rítmico.

 

El jardinero no se ofendió, pues no recordaba haber escuchado a Carmín hablar una sola vez. «¿Qué hace una mujer tan hermosa trabajando como veladora en un cementerio?», pensó. Siempre lo había pensado. Nunca lo había entendido.

 

―¿Sabes, Carmín? ―le gritó Reed antes de que se alejara más ― Eres muy bonita, pero a veces asusta un poco tu frialdad.

 

Carmín se volvió ligeramente y miró al jardinero a los ojos. Se sacudió una mota de polvo de la inmaculada blusa blanca y continuó su camino sin inmutarse, tocando con delicadeza sus labios color azafrán.

 

 

 

III

 

 

El cavador de tumbas, Gerth, tomaba un vaso de limonada mientras sudaba bajo el implacable sol de mayo. Dejó la pala a un lado para contemplar a Carmín, que se paseaba taciturna por el pequeño sendero de adoquín que serpenteaba por el césped. Era increíblemente hermosa para cualquier estándar, pero mucho más para ser una veladora de cementerio.

 

―Oye, guapa ―le gritó Gerth, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo ―, realmente me sorprende que los muertos de aquí no se levanten para verte pasear. ¿Vas a aceptar salir un día conmigo?

 

Carmín se detuvo y giró muy despacio. Se acercó a la tumba que Gerth estaba cavando y se agachó frente a él. Su falda negra estaba impecablemente planchada y hacia juego con sus nada ostentosos pero perfectamente limpios zapatos negros. Llevaba una blusa blanca sencilla y un pequeño colgajo plateado que se escondía sin hacer mucho alarde en su escote. Toda ella parecía un fantasma, pero uno increíblemente hermoso. Su tez blanca y sus ojos marrones claros hacían un contraste fatal con sus labios encendidos y casi ficticios. Carmín los abrió muy ligeramente y se acercó más a Gerth. Le sacudió la tierra del pantalón con tranquilidad, sacó un pañuelo blanco brillante y le secó a Gerth una gota de sudor de la punta de la nariz, colocó el vaso desechable con limonada en perfecta alineación con la jarra de plástico en el centro preciso de un pequeño montículo de tierra y se levantó. Le dedicó a Gerth una mirada profunda y se marchó sin decirle una sola palabra.

 

El cavador de tumbas no se molestó, pues nunca había obtenido una respuesta verbal de Carmín.

 

―¿Sabes, Carmín? ―le gritó Gerth antes de que se alejara más ― Yo sería tuyo en cualquier momento y bajo cualquier condición, si tan solo no fueras tan fría.

 

Carmín se volvió ligeramente y miró al cavador de tumbas a los ojos. Se arregló con mucho cuidado un mechón de cabello que le caía en la frente y continuó su camino sin inmutarse, tocando con ternura sus labios color azafrán.

 

 

 

IV

 

La puerta de una carroza fúnebre se cerró con fuerza. El anciano conductor, C.B., se estaba poniendo de nuevo el gorro cuando vio pasar a Carmín cerca de la entrada.

 

―Buenas tardes, señorita Carmín ―le dijo, con amabilidad ―. Vaya calor que hace hoy, ¿cierto?

 

Carmín giró la cabeza y pestañeó un par de veces. Se acercó a la reja desde dentro del cementerio, contemplando al conductor de siempre, C.B., que estaba al otro lado. No dijo nada durante un rato.

 

―Este trabajo lo pone a uno a pensar, ¿sabe? ―continuó el conductor, como sin darse cuenta de que Carmín no había respondido absolutamente nada, ni con palabras ni con gestos― Me gano la vida trayendo ataúdes con personas, con recuerdos, con historias, familias, sueños, esperanzas, dolores e ilusiones. Los traigo y sus seres queridos los sepultan y les lloran y les traen flores de cuando en cuando. Y pienso en si significa algo. Si todo esto significa algo. ¿Alguien me traerá flores a mí? ¿Me daré cuenta si no lo hacen? ¿Cuántos lloraran por el conductor anciano de la funeraria?

 

Carmín se acercó aún más a la reja y estiró las manos. C.B. se acercó, sabiendo lo que iba a pasar, y agachó la cabeza. Carmín le ajustó el gorro para que apuntara exactamente al frente, y limpió la visera con un pañuelo blanquísimo. C.B. se irguió de nuevo y Carmín le sacudió las solapas del saco con la mano, muy lentamente. Inmediatamente, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el interior del cementerio.

 

―¿Sabe, señorita Carmín? ―le dijo C.B. antes de que se alejara más ―Yo entiendo y respeto que usted nunca hable, pero creo que es usted muy hermosa y que sería una compañía invaluable y una amiga increíble si tan solo se diera la oportunidad de ser un poco menos fría.

 

Carmín se volvió ligeramente y miró al conductor a los ojos. Sacudió con presteza el pañuelo blanco que traía en la mano y continuó su camino sin inmutarse, tocando con apacibilidad sus labios color azafrán.

 

Mientras andaba por el césped con sus pulcros zapatos negros, Carmín empezó a tararear una canción más bien tétrica. Apenas llevaba un par de notas, cuando se encontró con el tipo del traje negro que siempre lloraba frente a la misma lápida, con flores idénticas, cada domingo por la tarde. Caminó, despacio, junto a él y solo le dedicó una mirada fortuita. Mientras se marchaba, el hombre, completamente descompuesto, le gritó por primera vez desde que la había visto, cada domingo desde hacía meses.

 

―¿Sabes qué, tú? ―el hombre parecía encolerizado ― Te paseas por aquí con tu ropa bien planchada y tu andar arrogante y tus labios siempre rojos y veo que todo el mundo te idealiza como si fueras superior, y siempre eres una mierda con el mundo. ¿Qué carajos te pasa? ¿Acaso no conoces el amor? ¿Te crees mejor que todos? ¿Qué haces aquí para empezar? Cada domingo lloro frente a la tumba de mi madre, y tú, que aparentemente vives aquí, nunca pareces cambiar siquiera de semblante. ¿Acaso sientes algo? De verdad me indigna que…

 

Carmín no estaba escuchando. Estaba ligeramente molesta con la poca simetría de colores que tenía el arreglo floral que el hombre del traje negro depositaba siempre igual sobre la misma tumba. Flores blancas revueltas con amarillas y rojas y distribuidas caóticamente en el papel celofán. Casi estuvo a punto de arrodillarse para arreglarlas, cuando vio una flor distinta, una que nunca había visto en el arreglo de siempre: una flor morada. Algo despertó profundamente en Carmín como no le había pasado desde hacía ya mucho, mucho tiempo. Abrió los ojos como platos grandes y echó a correr, dejando al hombre del traje negro en mitad de una frase.

 

Corrió por el cementerio, arrugando un poco su sencilla blusa blanca, con la flor morada impresa en sus ojos. Algo lejano le asestó un golpe y sintió por un momento que escurría un hilo de sangre por su mentón mientras tocaba con pasión sus labios color azafrán.

 

 

 

V

 

 

Frente a una tumba, Carmín yacía tirada en el suelo. Lágrimas rodaban por sus mejillas y arruinaban su tímido pero expertamente colocado maquillaje. Se miró, descompuesta por primera vez en muchísimo tiempo, y presionó con fuerza su palma contra sus labios color azafrán.

 

Cuando el jardinero Reed, el cavador de tumbas Gerth y el conductor C.B. la encontraron, se miraron anonadados. Carmín, la hermosa mujer fantasma de hielo, sollozaba con violencia y arañaba la tierra húmeda con sus uñas. Por primera vez, los tres habían descubierto que Carmín tenía voz, al escucharla repetir una sola palabra, mirando con pasión y desconsuelo a la lápida gris.

 

A Carmín, deshecha en el pasto y gimiendo con dolor y angustia y nostalgia y melancolía, solo le pasaba una imagen por la mente: unos ojos ya extraños y extrañados que la miraban con profundidad y con amor. Carmín repetía frenéticamente la palabra “Iris” mientras las lágrimas de plata manchaban su impoluta falda negra y su índice izquierdo acariciaba, como otro índice izquierdo había hecho en otros tiempos, sus perfectos, simétricos, hermosos y purísimos labios color azafrán.

Piel color damasco

(Cuento 3/3)

 

 

I

 

El diminuto libro hizo un sonido sospechoso al cerrarse. Una brisa cálida caminó por la ventana y se adhirió a las volutas de incienso aroma azahar y Violetta miró a ambos lados de la habitación. Una oruga de desconfianza le reptó por la espina dorsal aunque no había nada ni nadie más ahí. La música flotaba y, entre la luz tenue y las partículas de polvo, solo se concentraba en mirar sus manos color damasco.

 

 

II

 

Un La menor acarició el ambiente desde el gramófono y una canción de piano guió los pasos de Violetta por el pasillo que salía del estudio. Violetta llevaba una carta amarillenta entre los dedos que crujió espectralmente al desdoblarla.

 

“Querida Violetta:

 

Tus presencias me son más ausentes cada vez y mis ojos no saben cosa otra que mirarte en los huecos de los árboles y las gotas de rocío. Puedes confiar en mí. Puedes confiar en mí. Nací siendo tuyo y cada muro que has construido entre nosotros es una espina en mi espíritu. Puedes confiar en mí. Puedes confiar en…”

 

La hoja se dobló entre las manos de Violetta y recuperó su forma original. Sintió cómo se le erizaban los brazos mientras creyó haber olfateado una esencia desconocida, para descubrir que el único aroma perceptible era el azahar que perfumaba, jovial y libre, el aire enrarecido de toda la casa. Violetta se miró en el espejo del pasillo.

 

Su cabello áureo caía en ráfagas sobrias sobre sus hombros de porcelana como una cortina de seda púrpura cubriendo una escultura de marfil níveo. La curva de sus orejas, fina y discretísimamente puntiaguda, contrastaba como carabela en pleno desierto con la silueta de sus sienes, durazno y terciopelo, que se fundían con su mentón delicado en una sinfonía armónica con el piano que nadaba, etéreo, entre las paredes de la casa rústica. Violetta vio frente al espejo sus cejas esbeltas, como delgadas líneas almibaradas, que protegían sus frágiles pestañas y sus ojos enervantes color avellana. Una nariz menuda y elegante como un arpa maridada con pasta y cabernet, se erguía, soberbia, sobre sus labios exquisitos y apenas un par de pares de tonos más oscuros que el resto de su piel. Toda Violetta era hermosura.

 

«No puedo», pensó Violetta frente al espejo del pasillo. «Nunca pude confiar en ti».

 

Una sonrisa se le desdibujó en el alma y un colibrí amargo y enfadado le aleteó detrás del oído. Antes de marcharse, Violetta cerró los ojos un par de segundos, pensando en lo que había leído minutos antes, y saboreó un regusto nostálgico y lejano. Los abrió, profundos, y miró un buen rato su divino cuello color damasco.

 

 

 

 

III

 

Un antiguo amante diferente le susurró, fantasma, una letanía desesperada desde el papel maltratado de otra carta mientras Violetta se sentaba, un poco ansiosa, en el vestidor de la planta alta.

 

Añorada Violetta:

 

Te extraño aunque estés junto a mí y te he querido desde antes de conocer mi propio nombre. Extraño tu espalda lisa y tus palmas suaves aunque te tenga entre mis brazos. Extraño tu vientre limpio e impoluto aunque lo vea cada mañana. Extraño tus besos de vida y tus caricias de fuego aunque sean míos cada noche. Te extraño aunque estés conmigo. Tienes una forma inexorable de estar sin estar, de querer sin querer, de hacer que me sienta vivo mientras me matas. Cada vez que leas esta carta, ten fe. Aquí estoy. Créeme. Créeme que aquí estoy. Te quiero como a las noches de diciembre y te amo como a las tardes de…”

 

La carta cayó al suelo antes de que Violetta terminara de releerla. Aguzó el oído con un poco de miedo, para descubrir que el único sonido perceptible era el violín que retozaba, juguetón y decidido, entre el aire enrarecido de toda la casa. Violetta se contempló en el espejo del vestidor.

 

Sus clavículas afiladas y tenaces, contorneadas por sus hombros altivos, le conferían un aire general de refinación. Sus pechos, modestos y redondos, flotaban sobre su vientre plano y trémulo como islas de playas de talco entre océanos tranquilos, espumosos, añiles y claros en una mañana del equinoccio de primavera. Sus brazos de nardo opalescente caían a los lados de su torso, relajados, y alcanzaban el nadir en unas manos minúsculas, melón y gamuza, que siempre parecían invitar al pecado prometiendo el paraíso. Violetta vio frente al espejo su ombligo, circular y dubitativo y su cintura, fuste jónico y rosado en el templo de Venus. Toda Violetta era belleza.

 

«No puedo», pensó Violetta frente al espejo del vestidor. «Nunca pude creerte».

 

Una carcajada se le ahogó en el pecho y una arañita alarmante y molesta le trepó por los codos. Antes de marcharse, Violetta cerró los ojos un par de segundos, pensando en lo que había leído minutos antes y saboreó un regusto nostálgico y lejano. Los abrió, profundos, y miró un buen rato su perfecto vientre color damasco.

 

IV

 

El correr del agua le sonó a Violetta a aflicción mientras la tina se llenaba de líquido tibio y una voz ya olvidada le cantaba directo a los ojos desde los golpes tipográficos de una carta, proveniente de un pretérito enamorado distinto.

 

“Amada Violetta:

 

Solo Dios sabe qué me has hecho. Los días se me escurren entre dedos entumecidos de ceniza y hiedra. Tu piel está grabada en mis pupilas, como cicatriz perpetua de una batalla que nunca acabé de entender. Dios mío, cuánto te amo. Cuánta lástima tengo de que todo el mundo no sea yo y pueda verte desde mis ojos, sentirte desde mis venas, pensarte desde mí mismo; ¡qué tristeza tan inmensa siento por todo aquel que nunca te conoció! Dime qué te preocupa. Dime qué piensas cuando me ves y te muerdes los labios con angustia. Dime que me quieres, ¿sí? Solo una vez más. Dime cuántas peonias hay en el mundo y considéralas tuyas. Dime que no estás preocupada. Que no te preocupa mi amor. Que no te preocupa mi compañía. Que no te preocupa que me vaya, porque uno se va del lugar donde ha sido feliz, mas nunca del lugar donde aprendió qué es la felicidad. Que no te preocupa que te deje de querer, porque te querría aunque no hubieras existido. Que no te preocupa que…”

 

El papel se cerró en un puño histérico y blando mientras Violetta se recargaba en la orilla de la bañera. Sintió una punzada de inquietud en la punta del pie izquierdo, que se sosegó cuando descubrió que el único tacto perceptible eran un par de gotas de jabón que descansaban, serenas y agrias, en el suelo de madera del baño bajo el aire enrarecido de toda la casa. Violetta se percibió en el espejo del baño.

 

Sus caderas perspicaces y saltarinas de mamey conducían con sicalipsis a unas piernas inmaculadas y tersas. Unas piernas gráciles y lenes que bajaban como Columnas de Hércules bajo un cielo cerúleo perenne y cargado de cúmulos de pasión y cirros de ardor y nimbos de lluvia plateada se contorneaban en carretera serpenteante y frenética pasando por sus rodillas, exiguas bolas esféricas y pastel y terminando en sus lábiles pies. Violetta vio frente al espejo sus pies, chabacano y algodón, que finalizaban en dedos pequeños y lúdicos. Toda Violetta era perfección.

 

«No puedo», pensó Violetta frente al espejo del baño. «Nunca pude dejar de preocuparme».

 

Una caricia se le esfumó en el corazón y una sardina incómoda e irritante brincó sobre sus tobillos. Antes de meterse a la bañera, Violetta cerró los ojos un par de segundos, pensando en lo que había leído minutos antes y saboreó un regusto nostálgico y lejano. Los abrió, profundos, y miró un buen rato sus excelsas piernas color damasco.

 

 

 

V

 

En la tina, Violetta presenció su desnudez color damasco. Su cuerpo entero flotaba en el agua jabonosa, pero su mente flotaba en el aire enrarecido de toda la casa. Mordiéndose los labios, chasqueando sus nudillos y respirando con agitación, Violetta se sentía completamente expuesta.

 

No confiaba en nadie, no le creía a nadie, todo le preocupaba. Sus sentidos, sobresaltados por la música lenta y sublime y el incienso dulzón y placentero y el agua templada y deliciosa, no le daban tregua al remolino de consternación que giraba dentro de su cabeza. Violetta se levantó, alterada, y se envolvió en una toalla. Corrió de vuelta hacia el estudio, pisando en el camino las tres cartas que había releído.

 

Nadie nunca la había querido. Nadie nunca le había llorado. Nadie nunca iba a estar para ella. ¿Por qué no podía quererse a sí misma? ¿Por qué no podía querer a nadie? ¿Por qué nunca dejaba de dudar de todos? ¿Por qué no había conocido a las dos chicas de su diminuto libro?

 

Todavía goteando en el piso de madera, sacó el libro una vez más. Sosteniéndolo en alto y releyendo la primera palabra de la primera historia, alcanzó a atisbar en el espejo del estudio su cuerpo entero y desnudo y maravilloso color damasco.

 

 

VI

 

“La reja le cayó frente a los párpados…”, leyó Violetta en voz alta y se imaginó cómo sería estar enamorada de sí misma. Frente al espejo, los ojos se le volvieron color plumbago.

 

El último golpe del martillo lanzó una capa de polvo que descansaba sobre la lápida de algún desconocido hacia su barbilla…”, leyó Violetta en voz alta y se imaginó cómo sería estar enamorada de alguien más. Frente al espejo, los labios se le volvieron color azafrán.

 

El diminuto libro hizo un sonido sospechoso al cerrarse. Violetta le sonrió a una distancia insuperable al espejo y suspiró. Sus ojos color plumbago y sus labios color azafrán hacían combinación inmejorable con su bella y espléndida y radiante y lozana y magnífica piel color damasco.

 

Sin tiempo que perder

 

 

 

A mi musa eterna,

donde sea y como sea que estés.

 

 

 

 

Solo nos queda esta noche y lo sé. Lo sabemos. Con el primer rayo del alba colándose por la ventana te irás para siempre, desaparecerás, te perderé. Lo sé. Lo sabemos.

 

Esta amarga medianoche de tintos escasos y humos espesos, somos melancólicos condenados en espera del inclemente verdugo que será el sol. No tengo tiempo que perder, pero me atrevo a gastar un segundo en imaginar si será posible juntar todo el amor del mundo, toda la pasión de los tiempos, todos los besos de la imaginación; comprimirlos en un segundo intenso y explosivo y dártelo las pocas miles de veces que podría en los pocos miles de segundos que me quedan hasta que te mueras de amor, o te mueras de pasión, o te mueras de besos o, mejor aún: te mueras de mí. Rápidamente vuelvo a la realidad etérea; me doy cuenta de que no es posible y, como no tengo tiempo que perder, te beso. Tus labios perfectos, como dibujados por Cortázar me saben a fruta madura y al tic-tac del reloj impaciente y, sobre todo, me saben al recelo del tiempo más sincero, temeroso y frustrado que puedo imaginar. Sin embargo, como siempre, tus labios me saben a fresa.

 

Temeroso, miro de nuevo el reloj; con la garganta hecha un nudo y colgando de la misma mano que pronto voy a usar para acariciar tu cabello, miro de nuevo el reloj. Solo ha pasado un minuto, pero es un minuto que me suena a que me arrancan los huesos.

 

Ingenuo, aventurado y con tonta esperanza, me atrevo a pedirle en mi mente al reloj que se detenga un instante. Que me regale un segundo, que nos fíe un momento. Al abrir los ojos, entiendo que el reloj no me ha escuchado y nos ha clavado en el alma otro par de pares de segundos. Como no tengo tiempo que perder, paso mi mano entre tu cabello áureo; deslizo mis dedos entre tu cabello y acaricio tu cuello. Te mato como puedo con la mirada, te revivo como quiero con caricias y me suicido como jamás habría imaginado con un abrazo surreal, largo, cálido y que me sabe a ansiedad y al rítmico pasar de los segundos pero, sobre todo, me sabe al frío y asustado sudor de poeta resignado que ha visto un futuro donde se queda mudo. Sin embargo, como siempre, tu abrazo me sabe a azúcar.

 

Exaltado y como viendo sin ver, le dedico una mirada al reloj y se me vuelven de vidrio todos los músculos del cuerpo. Han pasado ya diez minutos y el infeliz e inexorable segundero no parece dispuesto a retrasar su carrera.

 

Loco, crédulo y expectante, me atrevo a pedirle en voz alta al reloj que nos conceda retrasarse un poco. Que nos apadrine un minuto, que nos dé a préstamo sesenta segundos. Le doy un instante para escuchar mi petición y, cuando me doy cuenta, sé que me ha ignorado y nos ha inyectado en la sangre otro par de venenosos segundos. Como no tengo tiempo que perder, te arranco la ropa, te muerdo los labios, te rasguño la espalda, te apuñalo los ojos con la mirada y dejo de preocuparme por el reloj. Juego contigo y juegas conmigo. Jugamos a jugar y jugamos a herir y me susurras poemas de Sabines al oído y te canto canciones de Sabina a los labios mientras te quito la sangre de las venas con los dientes y nos matamos y nos morimos y me destruyes y me reparas y jugamos y peleamos y reímos y lloramos y el cielo se cae a pedazos escarlata sobre nuestras cabezas aturdidas por el frenesí de labios y saliva y uñas y dientes y cabello y muslos y miradas y lluvia y frío y calor y el vino de la tarde y el pan de la mañana y el humo de siempre y sol de ojalá nunca, y los animales y las plantas se acercan y los planetas se extinguen y las estrellas explotan y la música suena y las cascadas se desbordan y la luz de las velas inunda el cuarto y nos moja y nos quema y nos sofoca y, cuando por fin nos ahoga, caemos rendidos, extasiados, muertos y vivos en un mar de sudor y lágrimas y risas y almohadas y golondrinas y peonias donde el tiempo no existe.

 

Pero el tiempo, que se detuvo para nosotros, nos pasa la factura más temprano que tarde y miro el reloj y el espíritu se me va a todos los círculos del infierno cuando veo que una hora más se ha ido en el tren del olvido, dejándonos parados y congelados en la estación.

Desesperado, casi inconsciente y agonizante, me alejo de tu lado y me levanto y me desvivo a gritos contra el reloj; le exijo una prórroga, le suplico que deje de avanzar; le lloro un río y luego un mar a cambio de que nuestra última noche juntos dure para siempre. Como única respuesta obtengo el tac del pérfido segundero que me clava en la cara la decisión final de no apiadarse de mí, de no bendecirnos con su silencio perpetuo.

 

Pierdo la razón. Ignoro tus brazos amorosos que me llaman de vuelta a la cama y exploto contra el reloj, insulto al tiempo y mato diez mil veces en mi mente a todos los segundos que han pasado en la historia. Grito y chillo y le escupo directo al alma a todas las manecillas de todos los relojes de todos los mundos. Tú te levantas, me recuerdas con una seña que no tenemos tiempo que perder, pero yo apenas te veo. Sé que no tengo tiempo que perder y lo aprovecho en destruir los cimientos del tiempo mismo. Le llueve ácido al tiempo y ahogo y quemo y asfixio y enveneno y apuñalo y destazo y desuello y desmiembro y mutilo y torturo y golpeo al reloj y luego vuelvo a empezar otra y otra y otra vez hasta que lo he hecho un millón de veces y tú me gritas que no tenemos tiempo que perder y yo ya no quiero saber del tiempo nunca más hasta el día en que me muera; el tiempo es un traidor, un inexplicable, maldito e impertérrito traidor.

 

Cuando salgo de mi trance, tú ya estás dormida. Me duelen los ojos y me sangran las manos y me palpita el pecho y no me queda un solo demonio dentro. Es hasta entonces cuando entiendo mi error. Veo el reloj, intacto, y todos los demonios se me meten al cuerpo de golpe y me atropellan y me laceran y me hacen sentir náuseas. Faltan menos de diez segundos para el amanecer. Mi tiempo contigo se acabó y lo desperdicié y me odio mucho y te amo tanto y siento que llevo ya mil años extrañándote. Me acuesto junto a ti en los últimos segundos; ya casi puedo ver el primer rayo del sol entrando por la ventana y secuestrándote para siempre.

Como ya entendí que es inútil pedirle algo al reloj y como sé que no tengo tiempo que perder, te beso en la frente con toda la ternura de la que un hombre es capaz y cierro los ojos cuando nos queda poco más de un segundo juntos.

Un segundo. Dos. Diez. Todavía siento tu calor junto a mí. Veinte. Cincuenta. Consternado, abro los ojos y te veo despierta y sonriendo y con el amanecer llenando toda la habitación excepto la cama. No entiendo qué pasa hasta que veo el reloj. Casi guiñándome un ojo que no tiene, el segundero se detuvo justo un segundo antes de que te fueras para siempre.

 El reloj estaba inmóvil, la habitación estaba iluminada a medias de un modo fantasmal y, más importante, tú estabas junto a mí. No sabía si el reloj había decidido complacerme por lástima o si el tiempo se había roto o cualquier otra increíble alternativa, ni sabía cuánto tiempo duraría este segundo junto a ti, pero, aunque solo durara un segundo -lo supe en cuanto sonreíste-, sería más que suficiente.

 

 

Catarsis (en La menor)

Por: Enrique Ocampo e Isa Serrato

 

Interludio

Él

Muy cerca de mi ocaso, en el hoy naranja atardecer de mis tiempos y mis ritmos, bendigo a la vida. Aunque cultivé cardo y ortiga. Aunque mis raíces se congelaron con el ventarrón del olvido. Aunque mi candor se extinguió entre la pompa y la circunstancia de la nostalgia. Aun así la bendigo. Aun así te bendigo. Porque ahora que mis demonios se contonean al compás de un blues incognoscible, recuerdo que tú les enseñaste a bailar. Ahora que mis tambores repican frenéticos el crepúsculo del porvenir, recuerdo que una mañana tú fuiste sol. Y porque fuiste el amanecer de mis pasiones, te mereces ser el anochecer de mis recuerdos.

 

I. Génesis al fuego.

Él

El fuego conocido se murió de frío cuando caminaste frente a mi nostalgia infundada. Mi pedestal se derrumbó en un estruendo del corazón. El apagón de los rascacielos de mi orgullo de amante, encendió por accidente un par de cables que no sabía que tenía. No había vivido antes de ti y nadie podría vivir sin ti, y me tomó dos parpadeos monótonos y una riesgosa taquicardia de mi sístole y mi diástole saberlo. ¿Quién querría vivir sin ti?

Fuego cansado, mis labios renacieron de las cenizas de la nimiedad. Un vaso de vodka estalló, incandescente, entre mis manos y la prisa me comió la prudencia mientras un millón de recuerdos no vividos todavía, un millar de besos no nacidos todavía y un centenar de suspiros no muertos todavía, hicieron una estampida entre mis dientes y salieron de mi boca con torpeza:

―Hola ―dije, sin poder evitar tartamudear por primera vez en mi vida.

Ella

Encarnada y caldeada, la flama ya ardía desde antes de que penetráramos el averno. Encendiste la cerilla sin saberlo. Deseaste el rojo ajeno y gélido. Apostando contra lo ineludible. Quemaduras de escarcha. Arder en hielo. Tu perfil y tu pólvora, cada vez más cerca, detonaron mi piel comburente. No me quedó más que ceder al frío, al humo y al sofoco. Entumecida, me entregué al fuego aterido, el capricho incomprensible y al deleite de conocer el amor en el fulgor de la explosión.

Se paseó por mis pupilas la combustión contigua, la futura deflagración. Conocer el destello y la pestaña. Rozar la chispa y acariciar la centella. Abrazar la incandescencia. El beso eléctrico. La saliva metálica y la lengua mecánica. El riesgo atómico de fundirse en la entropía. Perderse en la mordida electrostática. Estimular la catálisis lasciva. Descubrir el amor en el vértice cuántico de la aurora nuclear. El fragor del cristal roto interrumpió la continuidad de la onda expansiva en mi mente:

―Hola ―dijo trémulo un soplo de vodka.

Sonreí en espíritu. Una locomotora había iniciado su marcha en mi vehemencia.

 

II. Amor al brote

Ella

A veces, el otoño precede a la primavera. Un ocaso bermellón y la fronda ocre, anunciaban el primer equinoccio de mi vida. El viento septembrino silbaba broza, pero no quisimos escuchar. Sobre aquel puentecillo marrón, me dijiste que hilaza roja enredaba nuestros caminos. Te creí. Y me enmarañé con gusto en tu telar amarillo.

Me interné con miedo a tu bosque de cedros altos y enigmas inadmisibles. Conocía tus raíces mudables y mis ramas tercas. Aun así, accedí cautelosa a dejarme sorprender por el acedo de tu fruto dulce. No sé cuál de todos tus besos me supo a níspero. Pero me convencí de que eras ciruelo, fresco y veraniego.

Como en cualquier otra estación, tuvimos días soleados y sombra cálida. Reposando sobre el verde que quedaba, decidimos ignorar el desplome de las hojas. La floración fue breve y el marchitar eterno.

Me enamoré. La comisura y el visaje, el coloquio y la voz, el requiebro y el berrinche. Aprendí. Coquetearle a los demonios y sonreírle a los fantasmas. Acepté. El suspiro en vigilia y el sueño despierta. Consentí. El preludio fortuito y el final irrebatible. Me guardé. Las ganas descomunales de que retoñaras mi vida.

Descubrí la lozanía en otros prados. No lo busqué y tampoco lo pedí. Nuestras gerberas siempre estuvieron desfloradas, pero no lo quisiste ver. No quería erosionar tus campos, sembrar laberintos en tus matorrales, ni deshojar tus follajes. Pero ¿qué más podía suceder? Tú fuiste quien me dijo que lo que empieza mal, termina mal. Flor que nace en brasa, entallece en lumbre y muere ardiendo. ¿Qué más podíamos esperar?

Mientras intentaba esconder borrascas en cajones, guardar ventoleras en bolsillos y barrer huracanes de tus pies, para que no entrevieras el maldito tifón en el que estábamos metidos; te dedicaste a fantasear sobre peonias inmarcesibles, que no existían y de cualquier modo, ya habían perecido. A veces, amar es encubrir desdicha a besos. Me duele admitir que yo ya advertía nevasca en nuestros cielos colorados.

Que esté destinado a fenecer en hojarasca, no lo hace indigno de contemplar en brote y pétalo, de ansiar los estambres y querer en maleza. Te quiero. Siempre te quiero. A veces, es sólo que, a veces, el otoño precede a la primavera. Lamento ser tu efímero boscaje seco y que no seas mi eterna floresta de violetas.

Él

En mi corazón siempre brilla un solsticio. Sauce de sonetos, me interné en tus hojas verdes y abracé tus flores perfumadas. El invierno me sonaba a mito. El otoño a promesa lejana. Entre tu canto de perdiz y tu arrullo de riachuelo, mis trompetas enardecidas aullaron la canción de Eros. Éramos verdes. Éramos primavera. Éramos nosotros.

Dejé que te colaras, cual colibrí, entre mis nenúfares y madreselvas. Mi tronco de nardo, cambiante y voluble, floreció en un roble inmutable y enamorado. Mis frutos apuntaban a tus raíces. Te noté vacilante entre los pastos y taciturna sobre los lirios, pero tus brazos se volvieron el jardín donde retoñaron mis alcatraces y me sentí tuyo. Te sentí mía. Nos sentí frescos.

El vaivén de gardenias, con su aroma a esperanza, me cegó de la evidente putrefacción de nuestros huertos. La floración fue breve y el marchitar eterno.

Me enamoré. La pregunta y el vacilar, el canto y la letanía, el oleaje y la distancia. Aprobé. Bailar entre sábanas de alquitrán y preguntas irremediables. Me conformé. Cuatro palabras de buenas noches y media sonrisa, entré el café y el tabaco, de buenos días. Permití. Tu serenata al compás del rocío, bajo el balcón de otro invernadero. Perdí. El deseo inexorable de que retoñaras mi alma.

Una noche, escuché a tus grillos cantar en otros muelles. Se me marchitaron hasta los huesos. La melodía arrulladora de los bosques de encino se me antojó caótica. Los cerezos se volvieron negros. Los canarios enmudecieron. El prado austral de nuestras orquídeas quedó desierto y estéril en una onda de calor. De calor ajeno. De calor maldito. ¿Qué más podía esperar? No sabía que la primavera duraba un segundo.

Tus cajones de caoba no podían contener mi frenesí. Tus bolsillos de cáñamo no podían ocultar mi pasión. Tus escobas de pino no podían ahuyentar mi soledad: estábamos perdidos en una tormenta. Me aventuré en los cerros de la nostalgia y exploré las fuentes de la ilusión. Te prometí peonias eternas y estaba dispuesto a regarlas con el néctar de mi alma. Bajo el riesgo de nutrir a un jarrón vacío de pétalos artificiales, muertos e imaginarios, me entregué para siempre a tus selvas. No me duele admitir que, si hubo cúmulos negros y cirros sin misericordia, siempre me acabé el aliento intentando ahuyentarlos rumbo a otras montañas.

Que hayamos sido naturaleza muerta, no le importa a ningún poeta. Te amo. Siempre te amo. En ocasiones, las espinas reinan en tierra de ranúnculos. Pero siempre nos quedarán las raíces. Cortaron todas las flores; pero, como tú y yo sabíamos, sabemos y sabremos, no podrán detener la primavera.

 

III. Naufragio al olvido

Ella

Entre el ciclón que nos tenía estancados, el oleaje que se mecía con vehemencia, el torrente en tus parpados, los relámpagos en mi cabeza, la tempestad inevitable y el maremoto que se acercaba, no nos quedó más que desertar de nuestro navío. Yo fui la primera en saltar por la borda. Nadar en remolinos vertiginosos y violentos. Eventualmente tocamos tierra. Naufragamos. Diferentes costas, alumbrados por el mismo faro.

Sabes que lanzaré botellas a tu muelle por un tiempo. Que mis mensajes cumplan el único propósito de la poesía: hacer de mis palabras tu voz por un instante. Sabes que intentaré descifrar tu brújula enrevesada. Leer tus astros marítimos. Sabes que no soportaré ver nuestro puentecillo marrón intentando unir tu playa a la mía, inútilmente. Que no es lo suficientemente prolongado, que eventualmente le prenderé fuego con la cerilla que encendiste el primer día. Que es mejor verlo calcinarse que verlo todos los días. Sabes que el incendio náutico y el resplandor remoto del faro, sucumbirán. Que la llamarada consumirá la cera, extinguirá la mecha y apagará la vela. Sabes que me sentaré a espiar tu islote por mucho tiempo, incluso después de que hayas zarpado de nuevo, antes de aventurarme por completo a aguas más plácidas, más amables, más verdes, más vivas y menos tuyas. Que una vez que me vaya, no regresaré. Pero amor mío, sabes más que nada, que lejos de nuestro mar vesánico y caótico, pero nuestro, y muy cerca del ocaso, cuando rememores el amanecer de tus pasiones en el anochecer de tus recuerdos y pienses que nuestro amor fue inolvidable, querrás vivirlo de nuevo.

Él

Con mi bauprés apuntando hacia Bóreas, la bruma se disipó por babor, pero el anhelado sol de estribor no llegó nunca en el necesario amanecer del anegamiento de mi vida. Me atreví a desafiar el oleaje sin timón ni timonel. Descubrí que mi mástil era más quebradizo que mi esperanza. Te alejaste a remo en un bote pequeño, dándole la espalda a la brisa de nosotros. El cobijo de Apeliotes fue la bandera de tu justificación. Me dejaste hundido y solo. Todavía veo las estrellas y me imagino si le sonríen a tu catalejo. Todo en ti fue naufragio.

Ahora, a la deriva, escucho entre los albatros alguna canción de amor. No de amor perdido, sino de amor esperado. Las olas acompañan a mi locura cuando le pregunto al viento si algún día el mar nos va a volver reflejar juntos. Sé que no. Mi brújula está fijada en ti, pero mi corazón está cansado de bogar hacia tus playas, desiertas y extintas, color azafrán.

Por el poniente se entrevé un rascacielos. Se escucha el zumbido eléctrico de una posibilidad; un fuego fatuo color añil. No lo ignoro porque quiera, sino porque no me queda ya energía. Ya no más. Ya no para nadie más. Me autoexilio de la pasión, abstemio de fuegos artificiales y linternas y platillos brillantes. Renuncio para siempre a la primavera. Ya no más. Ya no con nadie más. Ahora surco solo los océanos de la vida. No quiero más Corriente del Golfo. Hoy, y desde hoy, remo con mis propios brazos, desteñidos por el sol de diciembre. No quiero que todo vaya viento en popa. Ya no más. Ya no pensando en nadie más.

Sin embargo, confieso que en el torbellino de mi confusión, mi soledad y mi dolor, a veces brilla una estrella. Pálida y difusa entre los nimbos del Oeste; pero brilla. La esperanza. Un mensaje en una botella que nunca va a llegar. Aunque no llegue, lo estaré esperando. Y mientras haya vida, habrá tiempo, y mientras haya tiempo habrá esperanza. Y mientras siga esperando, no te voy a olvidar. Y mientras te recuerde, voy a querer vivirnos de nuevo.

 

 

Hace ya mucho tiempo

Escrito por: Enrique Ocampo.

Dirigido por: Víctor Martínez.

 

Cortometraje seleccionado para el Primer Festival de Cine Contemporáneo Mexicano en Orlando, que cuenta a modo de poema en prosa el descubrimiento del verdadero significado del amor y la resignación de la pérdida, cuando ya es demasiado tarde para cambiar las cosas. Escrito por Enrique Ocampo. Dirigido por Víctor Martínez.

Esculturas escultoras

28 dic 2016

 

 

Les comparto el primer texto que escribí, “Esculturas escultoras”, que viene incluido en mi primer libro “Salto de fe”

 

 

 

Esculturas escultoras

 

 

A mi familia y todos los que me

han leído desde el principio y hasta el final.

 

 

Una vez no tan lejana, en un lugar no tan distante, en el oscuro y solitario trifórum de la catedral cuyo pináculo coronaba el cielo, se refugiaba una estatua ansiosa de conocer la tierra que caminaba alrededor de ella. La gárgola era prisionera de sí misma y de su creador que la abandonó por mucho tiempo y le impedía realizar sus sueños. Sus pétreos ojos observaban impacientes la forma en que, inevitablemente, el mundo seguía su curso; sin ella para estar ahí, sin ella para ser parte de él, sin ella para vivirlo, sin ella para cambiarlo. No cabía en el esculpido cuerpo de la gárgola de piedra el tamaño de alma con que había nacido, y cabía menos aún su incesante deseo de poder caminar, de poder respirar, de poder suspirar: de poder vivir. De aspecto atemorizante, de alas pesadas, de cuerpo inmóvil, de corazón grande era Regan, la gárgola gótica que había sido creada para adornar, pero que quería más que nadie adornarse a sí misma con las maravillas del mundo.

 

Impotente observaba Regan morir los días, pasar las noches, correr el viento, caer el agua en la agitada ciudad en la que le había tocado existir. Casa de insectos, víctima de piedras y cagadero de palomas eran algunos de sus roles en la gran urbe. No pertenecía a ese lugar. Regan no había sido esculpida para simplemente “estar”, Regan quería ser. Sentía que había sido hecha para esculpir. Ese era su sueño. Ser la mejor –y la única- gárgola escultora que el mundo hubiera conocido. Todos los días soñaba con poder escapar volando de aquella ruidosa y agitada ciudad donde había sido concebida. Su enorme inspiración estaba atrapada en la peor prisión de todas: uno mismo.

 

Un día de milagros, de esos que ocurren a menudo pero que nadie nota, Regan incrédula agitó las alas, movió la cabeza, sacudió las piernas, liberó su cuerpo. Sin saber el motivo, Regan era libre. No ha visto el mundo a un ser más feliz en todos los milenios que se han consumido en vano; la esperanza de la gárgola de piedra para el futuro era más grande que la ostentosa, ridícula, imponente y antigua catedral que solía adornar. Sabía exactamente lo que tenía que hacer y lo iba a hacer bien.

 

No le faltaba nada. Todo lo que necesitaba se había fraguado en su interior durante siglos. Nadie sabe mejor cómo esculpir algo que una escultura. Nadie mejor que un ser de piedra para hacer seres de piedra. Regan emprendió el vuelo sorprendiendo a las aves, desafiando a las estrellas, asustando a las nubes y asombrando a las moscas; iba en busca de su sueño. Llegó así al más grande y remoto lugar de la tierra; era perfecto, no había nada ni nadie que pudiera coartar su deseo de esculpir. El campo era tan enorme que parecía pequeño, tan tranquilo que parecía desastroso, tan callado que parecía ensordecedor, tan perfecto que parecía mentira.

 

Antes de crear su primera obra, necesitaba lo obvio, lo imprescindible, lo esencial: piedra. Regan partió, impaciente por hacer magia, en busca de la piedra más grande que pudo encontrar. A su regreso, mientras cargaba la enorme y pesada roca, se le escapó una pequeña lágrima, una lágrima de ilusión, una lágrima de agradecimiento, una lágrima de felicidad; una lágrima de verdad. Colocó la enorme mole justo en el centro de la nada, la miró con impaciencia y de pronto comenzó a rascarla con sus firmes garras de roca. Regan sabía cómo hacerlo, no sabía cómo lo sabía, pero sabía hacerlo. Varias horas trabajó sin descanso hasta caer dormida.

 

Cuando la luz del sol naciente, por fin, cegó sus ojos, Regan se levantó exhausta y contempló con asombro el fruto de todos sus sueños, de sus anhelos, de su trabajo: había hecho una copia a escala de la catedral que la había visto nacer cientos de años atrás. Ni el mismo arquitecto que diseñó el templo habría hecho un mejor trabajo. Era simplemente perfecta. Satisfecha, la criatura de piedra decidió que tenía que conocer el mundo para saber qué era lo siguiente a esculpir. Regan viajó y viajó por todas las ciudades, las montañas, los valles y los ríos, descubriendo todo de lo que se había perdido durante siglos.

 

Viajó tanto y tanto tiempo que casi se olvidó de la primera escultura que había hecho, pero no fue así. Regresó al infinito campo que albergaba la catedral miniatura creada por sus garras, consiguió otra piedra y trabajó de nuevo hasta quedar dormida, sin pensar en lo que estaba haciendo. Cuando despertó al siguiente día, no fue orgullo lo que reflejaban sus ojos, sino sorpresa. El edificio que había esculpido le resultaba extrañamente familiar, sin saber qué era o dónde lo había visto. No le dio importancia y se dedicó a descansar.

 

El siguiente día otra vez fue de trabajo; el mismo proceso fue repetido, el ritual del día anterior, el protocolo estándar, el monótono acto de volar para encontrar el bloque de roca y despedazarlo a zarpazos hasta quedar dormida. De nuevo, al abrirse los grises párpados de la bestia escultora, se encontró con una sorpresa: la nueva escultura le resultaba familiar también, sin saber exactamente cuál de sus viajes la había inspirado.

 

Pasaron así muchos días y todo se repetía: buscar un bloque de piedra, trabajar en él toda la noche hasta quedar dormida, despertar y encontrar el trabajo misteriosamente familiar. Sin percatarse de ello, repitió la rutina durante tanto tiempo que, de pronto, el enorme y espacioso campo ahora se le antojaba pequeño porque estaba lleno de edificios, parques, iglesias, casas y jardines hechos de piedra. Todos le parecían familiares sin saber por qué.

 

A pesar de los maravillosos trabajos que había realizado, Regan aún estaba inconforme; todavía le faltaban experiencias, aún le sobraba tiempo. La pesada estatua viviente decidió que quería esculpir vida. Quería crear personas de piedra, construir animales de piedra y sembrar plantas de piedra. Los bloques que ahora buscaba eran de menor tamaño, pues los seres vivos que conocía eran más pequeños que las construcciones. Trabajaba en tres o cuatro esculturas un día y descansaba el siguiente. Así pasó el tiempo, hasta que no cabía una persona, animal o árbol más entre las detalladas construcciones que había hecho antes.

 

De pronto lo vio. Un rayo atravesó su mente. Todo tenía sentido. No había esculpido una serie de edificios diversos, no había recopilado nada de sus múltiples viajes por el mundo, no había plasmado construcciones imaginarias en las rocas; lo que en verdad había hecho a ciegas durante los últimos meses de su vida era reconstruir la hermosa y bohemia ciudad que había vigilado a lo largo de toda su existencia. Los edificios, las plazas, los parques y las casas eran una perfecta réplica a escala del lugar que creció y vivió, durante muchas décadas, con Regan como silente testigo. Incluso las personas, los animales y los árboles que había puesto en su artística maqueta citadina eran personas, animales y árboles que habían existido junto a ella, ignorando por completo la capacidad de la gárgola para apreciarlos.

 

Regan apenas cabía en sí misma de felicidad. No solo era la mejor –y la única- gárgola escultora del mundo, sino que había logrado expresar con cariño, con detalle, con elegancia, con exactitud, con hermosura la ciudad que una vez la había mantenido como prisionera. Estando completamente extasiada, Regan decidió ponerse un último reto: Viajaría a la ciudad donde había crecido y grabaría en su mente cada ínfimo detalle y lo reproduciría con exactitud en la pequeña ciudad de piedra que, inconscientemente, se había dedicado a construir.

 

Regan voló y voló, de regreso a la ciudad agitada, a la ciudad frenética, a la ciudad contaminada, a la ciudad ruidosa. Al llegar, no se le ocurrió mejor lugar para visitar que la catedral que la había visto nacer. Así llegó a la impresionante iglesia y cayó sobre el trifórum, en la misma posición en la que había sido esculpida algunos siglos atrás. Se tomó tiempo para contemplar la ciudad, las personas, los animales y los árboles, sorprendiéndose cada vez más de la exactitud con la que, de memoria, los había esculpido en las pesadas rocas del valle lejano.

 

Pasó así unos cuantos días, inmóvil –pero ahora por voluntad propia- observando la ciudad que nunca había apreciado por su constante ansia de escapar. Se dio cuenta de lo asombrosa, de lo hermosa, de lo impresionante que era la gran ciudad. Decidida a completar su trabajo, Regan volvió surcando los cielos al valle lejano. Viajó y viajó sin descanso hasta de nuevo divisar sus obras maestras, inmóviles e imponentes, descansar en el centro de la nada.

 

Al llegar al valle, no perdió un solo segundo y al instante se puso a retocar cada edificio, cada torre y cada parque de memoria, hasta que consiguió que la similitud entre su maqueta de estatuas y la bella ciudad le asustara. Lo había logrado. Había conseguido crear su propia escultura de vida. Todo lo que la gárgola había visto estaba ahí, firme y frío materializándose frente a sus ojos. Estaba Regan a punto de dormirse, en recompensa al duro trabajo y el largo viaje que había realizado, cuando se dio cuenta de algo importante, de algo vital, de algo esencial, de algo que no podía olvidar: ella misma. En el trifórum de la catedral, de la primera escultura que sus manos crearon, faltaba algo. Faltaba ella. Faltaba Regan. Escudándose en la perseverancia, trabajando sin descanso, alimentando su ego y creciendo su orgullo, la bestia se había olvidado de lo más importante del mundo: de sí misma. No podía ser una réplica perfecta sin el elemento más importante de la ciudad: la estatua de la triste y solitaria gárgola que soñaba con esculpir.

 

Repitió el mismo proceso de siempre, pero esta vez con mucho más cuidado. Tardó varios días en escoger la roca perfecta de la que saldría la réplica de sí misma. Al regresar, en lugar de despedazar la piedra como solía hacerlo, trabajó en ella con sumo cuidado, con delicadeza y amor… con maestría. Trabajó esculpiendo y afinando cada mínimo detalle de su auto escultura hasta que estuvo totalmente satisfecha con ella. La colocó en el lugar que bien recordaba de la catedral y se fue a dormir feliz.

 

Al despertar, contempló de nuevo su obra, terminada por fin después de tanto esfuerzo. Su sueño se había logrado, su meta se había cumplido, su réplica estaba lista.

 

Al echarle el último vistazo a su creación, Regan se fue orgullosa a continuar con su vida, a viajar por el mundo, a conocer cada pequeño detalle y deleitarse con él, dejando atrás la materialización de sus sueños.

 

Nada se volvió a saber de Regan, la gárgola escultora que gracias a un milagro inesperado había logrado la felicidad, una felicidad que nadie creería posible. Pero justo cuando nadie miraría, en un lugar donde nadie buscaría, ocurrió de repente algo que nadie creería. La calmada y pétrea ciudad que había sido esculpida, admirada y después olvidada por Regan en aquel lejano valle, sería testigo de un milagro. Ahí, de pronto, en el oscuro y solitario trifórum de la catedral cuyo pináculo coronaba el cielo, en un día de milagros, de esos que ocurren a menudo pero que nadie nota, la pequeña y detallada auto escultura de Regan, incrédula, agitó las alas, movió la cabeza, sacudió las piernas, liberó su cuerpo. Sin saber el motivo, Regan era libre. Había sido prisionera de sí misma y de su creador que la abandonó por mucho tiempo y le impedía realizar sus sueños. Así, sin más, Regan escapó volando de aquella tranquila y silenciosa ciudad de piedra donde había sido concebida, buscando su sueño: ser la mejor –y la única- gárgola escultora que el mundo hubiera conocido.

¡Bienvenidos!

 

28 dic 2016

 

 

¡Bienvenidos a la página oficial del escritor Enrique Ocampo!

 

En esta sección, podrán encontrar fragmentos de textos y poemas, cuentos completos y citas del autor.

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